
Martín Kohan, Ciencias morales, Anagrama, primera edición, España, 2007, 218 pp.
Ciencias morales
No hay forma de saber lo que ocurre afuera. Las paredes son gruesas e impermeables al mundo exterior. Las ventanas, por lo general, están cerradas. En el interior el aire es denso, casi rígido, siniestro. No importa que afuera brille el sol, por dentro está nublado siempre. El ruido de la calle contrasta con el aciago silencio del claustro. Es eso: un claustro, una secundaria modelo de disciplina y castigo. La menor vacilación ante la obediencia o cualquier asomo de rebeldía, se castiga con la aplicación del reglamento. Y “el reglamento del colegio rige no solamente en el interior del edificio […] sino que se extiende hasta doscientos metros más allá de lo que es estrictamente la puerta de entrada a la institución”. Estamos en el Colegio Nacional de Buenos Aires (antes Colegio de Ciencias Morales) en la Argentina de 1982, en plena Guerra de las Malvinas y en los últimos días de la infame dictadura militar.
María Teresa, una veinteañera boba, ignorante y superficial, uno de esos seres vanos deslumbrados por el incierto prestigio de la autoridad, es la protagonista de esta historia. María Teresa es contratada como preceptora en este colegio con apariencia de prisión y pronto asume, con pervertida sumisión, su rol de centinela. Es la encarnación del reglamento y debe custodiar el “imperio soberano de la normalidad”. Toda desviación deberá ser reportada y sancionada: el cabello largo en los hombres, el pelo suelto en las mujeres o una ligera caricia al tomar distancia en la formación. Esta patología de la vigilancia lleva a la joven preceptora al extremo de esconderse en el baño de varones y espiarlos con el objetivo de descubrir a un presunto alumno fumador. Es tal su apetito por conseguir el fruto de la sanción y ser reconocida por el mediocre e impotente jefe de preceptores, el señor Biasutto, que comienza a sentirse cómoda en ese mundo íntimo de los varones, el cual, inadvertidamente, la conducirá a una agresión sexual.
A través de una descripción muy minuciosa (la que detalla el baño, en la página 79, es notable por su precisión), Martín Kohan (Buenos Aires, Argentina, 1967) nos introduce en esa extraña inmovilidad que rige la rutina del colegio y nos va narrando, en tercera persona, con un tono neutro, el drama interior de María Teresa. Aunque en la narración de Ciencias morales (Premio Herralde de Novela 2007) hay una cierta monotonía que exaspera, la novela no llega a aburrir. Por el contrario, el también autor de Museo de la revolución (2006) es habilísimo en la variación de los tiempos verbales (adoptando enfoques retrospectivos y prospectivos), y esto impide que el lector se fastidie con el relato de las acciones de un personaje tan logrado como el de María.
Ciencias morales es una novela de formación y una novela predominantemente de atmósfera, en la que se logra recrear el encierro, la vigilancia casi policial y el conservadurismo fétido de las escuelas enfocadas al orden y al castigo. Si algo vale la última novela de Martín Kohan es por el vigor de su prosa, que, a pesar de lo viciado del entorno en que se mueven sus personajes, nos va conteniendo a los lectores la respiración en cada línea y en cada párrafo. Y aún así, se deja leer rápido.
Pero si –como se ha dicho— la novela pretende reflejar la crueldad y el autoritarismo de la dictadura militar argentina, la obra falla. No se puede comparar a un mezquino preceptor con el celador o torturador criminal de una mazmorra. Tampoco comparar, creo, la vocación correctiva del colegio, con la tragedia de secuestros y desapariciones masivas que padeció el pueblo argentino bajo el gobierno de los militares. Ciencias morales resulta así una pálida y timorata sombra de la Argentina de aquellos años.